Del cine parroquial al cine comercial

Ha transcurrido mucho tiempo desde que los hermanos Lumière rodaran y proyectaran La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir, la primera película de la historia del cine. A este espectáculo se le conoce como el séptimo arte y ciertamente se ha convertido en una actividad artística de primer orden y es una forma de narración y entretenimiento para el público a la altura de otras artes.

En tiempos pasados, sobre todo en poblaciones pequeñas, la afición al cine tuvo su inicio en torno a la parroquia. Había sacerdotes seculares en el ámbito local y religiosos/as que regentaban colegios entre cuyas tareas figuraba la enseñanza de la catequesis. En torno a ella se organizaban otras actividades: así, existía el cine parroquial o colegial, se fomentaban los grupos de montaña, las excursiones al campo…

Fue común que algún miembro del clero fuera aficionado al cine y en uno de los espacios destinados al ocio, a veces el mismo en que se enseñaba la catequesis, se proyectaran películas. Al principio fueron films infantiles: las hazañas del perro Rin-Tin-Tin, la mula Francis, las aventuras de Tarzán…

Había familias con recursos que tenían pequeñas máquinas proyectoras y gozaban del privilegio de disfrutar en casa de breves sesiones de cine, en ocasiones con películas filmadas por los propios progenitores u otros familiares o amigos.

Con el tiempo, los salones parroquiales comenzaron a adquirir televisores para que los niños y adolescentes se reunieran y pudieran disfrutar de los pocos programas infantiles que se emitían los domingos y festivos por la tarde, durante el curso escolar y sobre todo cuando el frío o la lluvia impedían practicar deportes al aire libre.

También se podía dar la circunstancia de que visitara el pueblo algún misionero religioso o seglar y para concienciar a los adolescentes de las necesidades del llamado tercer mundo, particularmente del África negra, impartiera algunas charlas acompañadas de pequeños cortos o filminas que ilustraran el contenido de lo hablado.

Más tarde los locales parroquiales se utilizaron para que en ellos pudieran realizarse guateques que sirvieran para que los jóvenes de ambos sexos se conocieran y alternaran.

Pasados los años estos salones comenzaron a competir con los cines comerciales. Pronto se inició el declinar de los primeros a favor de los segundos. En estos últimos se proyectaban sesiones con distintos horarios y la primera función de los días festivos estaba destinada a los menores, costumbre que se ha mantenido hasta nuestros días.

El control de la iglesia sobre lo que era conveniente o no que presenciaran jóvenes y mayores fue férreo en tiempos pasados. La clasificación moral de las películas se exponía en las puertas de las iglesias y respondía a la siguiente calificación, llevada a cabo por los censores: 1, eran las películas aptas para todos los públicos; 2, las indicadas para jóvenes; 3, las recomendadas a mayores de 21 años; 3R, mayores de 21 con reparos y 4, las gravemente peligrosas.

Hubo un tiempo en que algunas parroquias explotaron también la exhibición comercial de películas y en sus cines jamás se proyectaban films que tuvieran la calificación moral de 3R o 4. Sea como fuere el cine ha constituido y lo sigue siendo un arte y un entretenimiento para mucha gente, a pesar de la multitud de otros medios de difusión existentes hoy día. Como dice uno de los personajes de la estupenda película Cinema Paradiso: “La vida no es como la ves en el cine, es más difícil; pero hagas lo que hagas ámalo”.

Segundo Oar-Arteta – Labayru Fundazioa

Créditos fotográficos:

Primera: Cartel promocional de la película Cinema Paradiso.

Segunda: Cartel del Salón Parroquial de Altamira (Busturia). Archivo Fotográfico Labayru Fundazioa.


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