La increíble historia de la chuleta apodada villagodio

Inauguración de la plaza de toros de Indautxu. Bilbao, agosto de 1909. Novedades. Núm. 9
Inauguración de la plaza de toros de Indautxu en Bilbao. Novedades, 1909. Euskal Biblioteka. Labayru Fundazioa.

Corría el año 1892. El bueno de don José de Echevarría y Bengoa, aristócrata bilbaíno aficionado a los toros, y a la sazón sexto marqués de Villagodio —título ostentado con orgullo desde 1764—, compró 70 vacas de la ganadería del duque de Veragua y 2 sementales de don Jacinto Trespalacios, creando así su propia ganadería en Coreses, cerca de Zamora. Hasta ahí sin sobresaltos.

Pero la historia se empieza a enrevesar cuando nuestro marqués de Villagodio intenta que sus reses sean lidiadas en la plaza de toros de Vista Alegre en Bilbao. Según parece, los organizadores de eventos taurinos de aquel entonces no consideraron los toros de Echevarría aptos para la lidia, de manera que declinaron su propuesta.

En tal punto, el Marquesito —sobrenombre con el que era conocido Echevarría—, ni corto ni perezoso, mandó construir al famoso arquitecto cántabro Leonardo Rucabado nada menos que un coso taurino en el barrio abandotarra de Indautxu, para poder cumplir su gran sueño.

La nueva plaza de estilo mudéjar se inauguró con prisa —pues faltaban por construir la cubierta de las gradas y los burladeros— el domingo, 15 de agosto de 1909. Se lidiaron 3 novillos de la ganadería del Marquesito, y otros 3 de la de Clairac. La corrida debió de ser un desastre. Los toros del marqués no dieron la talla por falta de bravura. Los espectadores acabaron arrojando almohadillas. Y para colmo de males, empezó a llover, por lo que la gente, al no estar cubiertas las gradas, tuvo que refugiarse en las puertas de acceso.

Posteriormente, la plaza quedó relegada a la celebración de novilladas y espectáculos circenses, hasta su demolición en marzo de 1929.

El famoso pintor Francisco Iturrino debió de estar presente en la desafortunada inauguración. Y de allí a un tiempo, según cuentan las crónicas bilbaínas de Indalecio Prieto, el renombrado pintor aficionado a los toros pidió permiso al Marquesito para alojarse en su finca zamorana de Coreses y poder así pintar a los toros in situ. A lo cual este contestó con negativa.

Desde entonces, cada vez que Iturrino entraba con sus amigos a un restaurante de Bilbao, pedía a viva voz: “¡Un villagodio!”. Y cuando el servició le solicitaba una aclaración, él siempre contestaba con sorna: “Quiero un villagodio, es decir, una chuleta de toro de esa ganadería que solo sirve para carne”.

Lo que no calculó Iturrino es que tal intento de desprestigio de la ganadería del marqués de Villagodio hizo que el término se extendiese, primero en los restaurantes del norte, y posteriormente en media España, para denominar a una chuleta de novillo de dos o tres años, de lomo alto, con costilla, de dos dedos de grosor, asada a la parrilla, sabrosa y consistente.

De esta célebre manera, el fracaso taurino del marqués se convirtió a la larga en éxito de restauración, ya que hasta hoy en día aparece en la carta de numerosos restaurantes el villagodio, para referirse a tan singular chuleta.

Joseba Santxo Uriarte – Filólogo e investigador


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