Kirikinausiak: construcciones singulares en el monte

Kirikinausi de Lastrabe. Orozko (Bizkaia). Cortesía de Supelaur Kultur Taldea
Kirikinausi de Lastrabe. Orozko (Bizkaia). Cortesía de Supelaur Kultur Elkartea.

Pronto volverá el aroma de las castañas asadas proveniente de casetas instaladas en pueblos, villas y ciudades. ¡Un cucurucho de una docena de castañas a tres euros!

Aunque ahora sea tan solo un pasatiempo para las tardes oscuras y frías del otoño e invierno, antaño era alimento básico de la dieta tradicional. Y hasta hace cincuenta años, la primacía entre los frutos secos la tenía la castaña.

El castaño era la especie que predominaba en la falda del monte antes de la implantación masiva del pino a mediados de los años 1920. Era tan abundante el árbol que se recogía mucha castaña. Las castañas que no se consumían en casa, se les daban a los cerdos —era común encontrar chabolas de cerdos en los castañales— o se vendían por fanegas. En muchas casas era el modo de pagar el alquiler del castañal.

Se comía castañas en otoño e invierno, sobre todo en la cena. Prácticamente no se cenaba otra cosa durante cinco o seis meses al año. Era más frecuente comerlas cocidas que asadas, y se cocían añadiéndoles un poco de sal.

Su recolección, dependiendo del lugar, se llevaba a cabo desde finales de septiembre hasta Todos los Santos, Sanmigeletatik Domusantuetara. Es más, la vinculación entre la festividad de los muertos y las castañas queda corroborada por el dicho Domu Santuak eratsiko jozak ‘Todos los Santos los varearán’.

 

 

En la recogida, además de hombres y mujeres, participaban niños. Recordaba un informante de Zeanuri (Bizkaia) que en la escuela les daban vacaciones para que ayudasen en dicha labor; y en Orozko (Bizkaia), nos dicen que sencillamente no iban si era tiempo de castañas.

Mayores y pequeños acudían al castañal con un carro tirado por bueyes o con burros. Los castaños se vareaban con pértigas, los frutos que al caer perdían su envoltura espinosa, conocida en la comarca de Nerbioi-Ibaizabal en Bizkaia como kirikinoa ‘erizo’, se acarreaban a casa, y los que la conservaban se almacenaban en pleno monte.

A lo largo de la cornisa cantábrica, desde Asturias hasta Sara (Lapurdi), existen en el monte antiguas construcciones para el almacenamiento y conservación de castañas llamadas ericeras, kirikinausiak en nuestro paraje, palabra claramente compuesta por los nombres kirikino y hesiak, cuyo significado es ‘cercos para erizos de castaña’.

Los kirikinausis son cercos redondos de piedra, levantados sin argamasa y con una estrecha abertura a modo de puerta, o atakea, que se cerraba con maderas y palos según se iban llenando. Generalmente tenían un metro de altura y entre dos y tres metros de diámetro. Los erizos se cubrían con helechos, ramas y espinas para protegerlos de los animales y conseguir así que el fruto que encerraban adquiriese su punto óptimo de maduración. Permanecían allí durante uno o dos meses hasta que el grano de la castaña se liberaba del erizo.

La asociación cultural Supelaur Kultur Elkartea de Orozko ha restaurado y recuperado varias ericeras de los alrededores, entre ellas las de Atxurikolanda, Saukudui, Lastrabe e Irukusigieta, emblemática esta última por sus siete metros y medio de diámetro.

Gaztaina Eguna 2017 en Orozko (Bizkaia). Cortesía de Supelaur Kultur Taldea
Gaztaina Eguna 2017. Kirikinausi de Irukusigieta, Orozko (Bizkaia). Cortesía de Supelaur Kultur Elkartea.

Desde hace casi dos décadas Supelaur Kultur Elkartea organiza cada último domingo de octubre el Gaztaina Eguna. La fiesta se celebra con un paseo que comienza en el barrio de Usabel y termina en el kirikinausi de Irukusigieta, donde se almuerza. Todo ello amenizado con música y acompañado de unas castañas asadas.

Itziar Rotaetxe – Departamento Herri Ondarea – Labayru Fundazioa

Para más información puede consultarse el tomo dedicado a la Alimentación Doméstica del Atlas Etnográfico de Vasconia.


2 respuestas a “Kirikinausiak: construcciones singulares en el monte

  1. Era igual en Zuberoa, pero las castañas se almacenaban en una pequeña borda cerca de la casa. Cada domingo teníamos que removerlas con una pala para que secaran bien. Las mejores para la familia y las otras para los cerdos. De frescas se comían cocidas (se añadía unas hojas de higuera al agua), y después de secas, asadas. Los hombres subían al castaño con un largo palo (zafla-haga) y con él hacían caer las castañas. Un pequeño dritxo para acabar: “Entzun duzue sekulan buhame bat edo apez bat gaztainatzetik eroririk?”, queriendo decir que ni curas ni bohemios vareaban los castaños.

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