La balada de Narayama

Fotograma de la adaptación cinematográfica de 1983.

Hace muchos años asistí a una reunión sindical entre mujeres rurales naturales de varios territorios de la cornisa cantábrica y otro pequeño grupo de indígenas mapuches. Hablaban de su trabajo en el campo y, entre otros muchos desempeños, salió a colación su valiosa función de cuidadoras. El desencuentro cultural resultó evidente, pues las mapuches no entendían cómo en el mundo europeo los niños pequeños pasaban parte del día en guarderías y los ancianos terminaban sus vidas en geriátricos. Alguien arrojó algo de luz sobre el asunto al hablar del grado creciente de complejidad de nuestra sociedad, en que para mantener un cierto nivel de vida era necesario que trabajasen ambos componentes de la pareja, lo que les restaba tiempo para los cuidados (aparte de otras consideraciones obvias, como el derecho al trabajo fuera de casa).

En las últimas décadas las residencias de ancianos se han generalizado como consecuencia de los múltiples cambios sociales y demográficos que estamos viviendo. Antaño, en los llamados ‘hospitales asilo’ solían terminar sus días quienes carecían no solo de recursos, sino del necesario entramado familiar.

Escribiendo esto me viene a la memoria una película que nos muestra cómo el cuidado de los mayores no siempre ha sido posible ni siquiera en las culturas tradicionales, ya que para ello se debía contar con el alimento suficiente. Se trata de La balada de Narayama, y recuerdo sobre todo la imagen del hijo cargando sobre sus espaldas a su madre anciana mientras ascendía al monte donde la abandonaría para morir. En épocas de penuria y en territorios de extremada pobreza el más débil podía ser prescindible.

En mi labor etnográfica en el Valle de Carranza (Bizkaia) he entrevistado a muchos hombres mayores. Y en lo más hondo de su ser la residencia de ancianos debía ser el equivalente al monte en el que moría Orin, la anciana de la película de Shohei Imamura.

Varios de ellos me contaron esta historia: Un hombre cargó un día a su padre a las espaldas y, poco a poco, se encaminó hacia el pueblo en el que se levantaba el asilo. A medio camino, el hijo, abrumado por el peso, se sentó en una piedra para descansar. Entonces el padre le reveló que hacía mucho, cuando él mismo hizo lo propio con su padre, también se sentó en esa piedra para tomar aliento. Al escucharlo, el hijo se incorporó y, con su padre a cuestas, tomó camino de regreso a la casa familiar. El padre intervino de nuevo preguntándole si no le iba a llevar a la residencia. El hijo, pesaroso, le contestó: “No padre, porque el día de mañana serán mis hijos los que me lleven a mí”.

Luis Manuel Peña – Departamento de Etnografía – Labayru Fundazioa


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