Primavera sin flores

Segando hierba para secar en Carranza (Bizkaia), 2017. Luis Manuel Peña. Archivo Fotográfico Labayru Fundazioa.

Estos días verá la luz el octavo tomo del Atlas Etnográfico de Vasconia, dedicado a la agricultura. Se halla relacionado con uno anterior que versó sobre la ganadería y el pastoreo, ya que en la sociedad tradicional ambas actividades estaban íntimamente ligadas. En el presente volumen se aborda un capítulo sobre la hierba, quizá en el que se aprecia más claramente esta vinculación, pues su cultivo y cuidados van destinados a la obtención de alimento para el ganado.

Aparte de esta finalidad, la hierba también encierra otros significados. Coincidiendo con el boom inmobiliario previo a la actual crisis llegaron a vivir a las zonas rurales personas nacidas en la ciudad o que regresaban tras un periplo laboral lejos del campo. Fue costumbre que en torno a cada nueva casa creasen un jardín. Y aquí se puede establecer una interesante diferencia entre estos y los ganaderos, que tiene que ver con la hierba. Llegado el momento de segarla, para el ganadero lo más importante, obviamente, es la propia hierba segada ya que constituye el alimento para sus animales; sin embargo para el recién llegado lo importante es lo que queda tras la siega, el césped recortado, hasta el punto de que deshacerse de los restos de hierba puede constituir un engorro.

Cortando el césped en un jardín de Lezama (Bizkaia), 2017. Maider Aurrekoetxea. Archivo Fotográfico Labayru Fundazioa.

Pero en los últimos tiempos, a medida que gana terreno el proceso de intensificación ganadera se puede apreciar una sorprendente convergencia. Para obtener un césped uniformemente verde y sedoso, el venido de la ciudad resiembra su jardín con alguna variedad de gramínea seleccionada para ese destino. El ganadero, buscando el máximo rendimiento, sustituye la enorme biodiversidad del prado tradicional por el cultivo de una o muy pocas gramíneas de alta producción. Y si a esto le sumamos su aversión a los setos vivos y al arbolado, el resultado es un paisaje de praderas de un verde uniforme que a escala mayor nos recuerda al césped que anhela el urbanita. En estos nuevos prados, teniendo en cuenta su carácter de monocultivo, ya no crecen flores, limitando a su mínima expresión otras funciones, como servir de fuente de alimento a insectos como las abejas.

Me viene a la memoria un libro fundamental y referente de la bióloga estadounidense Rachel Carson, Primavera silenciosa, en el que a mediados del pasado siglo XX denunciaba las consecuencias del uso generalizado de pesticidas en el campo norteamericano, con un efecto devastador sobre las poblaciones de aves, cuyos trinos dejaron de escucharse, de ahí su título. Contemplo perplejo la tierra que me rodea cubierta por amplias extensiones de prados donde nada crece aparte de hierba, y pienso en una “primavera sin flores”.

Luis Manuel Peña – Departamento de Etnografía – Labayru Fundazioa

Para más información pueden consultarse los tomos dedicados a Agricultura y Ganadería y Pastoreo del Atlas Etnográfico de Vasconia.


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