El padrinazgo

Los padrinos sostienen la luz. Ajangiz (Bizkaia), 1997. Markos Estebanez.

Aquí tratamos la institución del padrinazgo del niño o niña cristiano que recibe el bautismo. No la protección que una persona (el padrino) proporciona a otra y que ha tenido tanta repercusión mediática a partir de la novela de Mario Puzzo y de las sucesivas películas dirigidas por Francis Ford Coppola, aunque es evidente que el origen de esta última acepción está tomado de su sentido primigenio.

En tiempos pasados, el padrinazgo creaba un vínculo espiritual entre padrino/madrina y ahijado/a, hasta el punto de que era un impedimento para la celebración del matrimonio entre ellos. El padrino y la madrina (en muchos pueblos navarros fue frecuente que hubiera solo padrino o solo madrina) tenían derecho a imponer el nombre al ahijado/a y cuidar su educación cristiana. En caso de fallecimiento de los padres, les sustituían a estos, convirtiéndose en tutores. A partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) el papel de los padrinos en el rito del bautismo ha quedado relegado a un segundo plano en beneficio de los padres. En otro tiempo, corrían con los gastos del bautizo mientras que hoy día su función se limita a hacer regalos al ahijado/a en determinadas fechas.

El sacerdote unge al niño. Getxo (Bizkaia), 2001. Leire Agirre. Archivo Fotográfico Labayru Fundazioa.

Azkue recogió la creencia de que los padrinos juegan un papel importante en la manera de ser del niño. Si este no resultaba sano y fuerte se decía que el padrino no le dio buen aliento, (hats ona ez zion eman, en euskera) y según este mismo autor la recitación del credo en la ceremonia del bautismo correspondía al padrino, y si lo hacía defectuosamente podía conllevar desgracias para el niño/a.

En general se ha considerado un honor ser propuesto para apadrinar o amadrinar (besoetan hartu, literalmente “tomar en brazos”) a un niño/a. También fue corriente ofrecerse a la familia para dicha encomienda. De ordinario el privilegio de ser padrinos del primer hijo y del segundo lo ejercían los abuelos, uno de cada parte. En los sucesivos hijos lo serían los padrinos de boda, tíos, primos o vecinos. Desde mediados de los años 1960 se ha invertido en parte la norma de la edad y se buscan padrinos jóvenes. Hoy día los bautismos, de quienes lo reciben, suelen ser colectivos.

Un aspecto curioso era que las familias necesitadas nombraran padrinos a personas de posición desahogada o que no tuvieran descendencia, se les conocía como “padrinos de conveniencia”. También se ha conocido el padrinazgo “por poder” cuando la persona designada estaba ausente.

A principios del siglo XX se recogió una costumbre consistente en que cuando morían varios niños uno tras otro en una misma familia se evitaba elegir el padrino y la madrina para el siguiente. Cuando se llevaba a bautizar al niño/a, se escogía al primer hombre y mujer con quienes se encontraran en el recorrido o a los primeros que salieran de la función religiosa que acabara de celebrarse. Este bautizo era conocido como “bautizo a la ventura” y al niño se le llamaba benturako umea y, en ocasiones, incluso le imponían el nombre de Ventura o Buenaventura.

Segundo Oar-Arteta – Etniker Bizkaia – Grupos Etniker Euskalerria

Para más información puede consultarse el tomo dedicado a la Ritos del Nacimiento al Matrimonio del Atlas Etnográfico de Vasconia.

 


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